dilluns, 6 de setembre del 2010

Capítulo primero.


-          ¡Valientes y feroces son los sueños de un pastor!
-          Deja de aullar, joven Loran, y pídeme otra pinta.
-          ¡Voy!
Una buena tarde en un buen lugar con buena compañía. La mejor cerveza de todo el condado y las mejores chuletas de cerdo. Aquello no era un simple bar, era el bar de los Ellundaets. Una amplia taberna decorada con cuadros y cenefas de Loran, el pintor, muchacho del que con buena gana podía presumir la familia. Bien grande estaba escrito en uno de sus majestuosos carteles tallados en madera: “Nada es de importación y nada lo será”. Orgullosos estaban de sus productos y motivos tenían suficientes.
Los Ellundaets eran una familia mestiza, una mezcla entre gente del norte, grandes patriotas con blancas pieles, largas barbas y muchos centímetros de altura, y pobladores de las llanuras del este, algo más bajos, con largas orejas y narices. Se dice que en su día fueron maldecidos por una tribu de duendes del bosque de Koralk, en una de sus expediciones de caza, lo que facilitaría explicación a su espantoso aspecto. No es la primera ni la última leyenda que se explicará sobre estas buenas gentes.
Teniendo en cuenta los rasgos de ambas razas, el aspecto general de la familia Ellundaets se sostiene por sí solo. Conservan las largas narices y orejas de las gentes del este, son altos como gigantes y a partir de los diez años de vida, se les empiezan a notar unas tupidas barbas que los diferencian del resto de niños de la misma edad.
Así eran los Ellundaets, una familia  bastamente numerosa, muy querida en el pueblo de Ogarla, uno de los cinco que forman la totalidad del Condado de Fertalas.

Cada vez se hacía más tarde, dejándose ver a lo lejos la oscuridad provocada por la huida del sol. El bar “Ellundaets Kirla”, propiedad de dicha familia, no daba abasto. Por mucho que todos los parientes fueran considerablemente grandes y fuertes, ya estaban cansados y cada vez costaba más rellenar las pintas una tras otra y cortar las chuletas de los cerdos salvajes recién cazados.
Por suerte para él, éste era el día libre del bueno de Loran, quien brindaba con su abuelo, el más mayor y patriarca de la familia: Doan Ellundaets.
-          ¡Vigilad que no se os acaben los barriles! ¡Recordad que un cargamento llegó esta mañana!- balbuceaba Doan desesperado mientras saboreaba una pinta bien cargada de espuma.
El resto de familiares y, a la vez, empleados de la gran taberna, trabajaban sin cesar hasta que, como de costumbre, sonó la campana de las dos, tan ansiada para ellos y tan despreciada para los hombres ebrios del local, los cuales gritaban a los cuatro vientos: una ronda más.